El verano nos sirve para muchas cosas: pasar tiempo de calidad con familia, amigos o pareja, disfrutar de paisajes idílicos, realizar actividades de ocio para las que normalmente no hay hueco o pegarse algunos homenajes gastronómicos… Cada persona es única a la hora de organizar el plan de vacaciones ideal. Pero quizás el verano nos trae un regalo aún más preciado: la oportunidad de desconectar la mente. En este artículo te contamos 4 maneras de realizarlo.

El ritmo de trabajo que nos absorbe durante el resto del año se paraliza durante unas semanas. La presión que podemos sentir por cumplir plazos y expectativas se relaja. La sensación de responsabilidad por alcanzar metas u objetivos se desvanece.

Qué mejor plan que aprovechar estos momentos para poner en práctica aquello que expertos y expertas en bienestar mental aconsejan insistentemente: descansar.

El problema surge cuando no sabemos cómo hacerlo, cuando no tenemos instalado un sistema de desconexión adecuado: no hemos aprendido a usar la respiración para calmar el sistema nervioso, no tenemos claro cómo bajar el ruido mental, no podemos dejar pasar los pensamientos sin aferrarnos a ellos…

Si durante el resto del año no hemos puesto en práctica las estrategias necesarias para relajar la mente, es posible que nos cueste disfrutar de un verano tranquilo.

Pero la buena noticia es que ahora si tenemos tiempo para empezar a cambiar cosas en nuestra rutina personal que nos ayuden a sentir mayor equilibrio interno, y el MINDFULNESS es la mejor herramienta para ello. Vamos a ver qué podemos hacer…

  1. La atención a la respiración nos conecta con el momento presente, enfoca nuestra mente en el aquí y ahora, olvidándonos del resto de ideas que nos abruman o preocupan. Respirar es algo que hacemos sistemáticamente, pero pocas veces de manera consciente. Los ejercicios de respiración son una de las puertas de entrada al mindfulness.

  2. El silencio. Encontrar momentos en soledad para cultivar ratitos de silencio se convierte en una práctica vivencial que permite disfrutar y saborear el presente, desde el no juicio y la plena aceptación para abrirse a cada experiencia. Dejamos de lado la idea de cómo tendrían que ser las cosas (que genera resistencia y lucha interna), para permitir que todo sea como es.

  3. La meditación informal. Cualquier actividad cotidiana puede servirte como práctica meditativa. Simplemente se trata de estar presente: cuando te duches, permanece en contacto con tu cuerpo, observa las sensaciones del agua y el jabón en tu piel, siente la temperatura del agua etc. Cuando vayas caminando presta atención a los olores y colores, toma consciencia de la belleza que te rodea y muévete sin prisa, observando cómo cambia tu estado emocional.

  4. La meditación formal. Si te sientes preparado/a, puedes elegir un espacio tranquilo en el que sentarte con la espalda recta y los pies firmemente apoyados sobre el suelo. Cierras los ojos y comienzas a prestar atención a tu respiración. Tu mente es como un cielo azul despejado en el que aparecen de vez en cuando nubes (pensamientos) que vas dejando pasar, sin tratar de cambiar o eliminar. Cuando aprendemos a dejar que los pensamientos vayan y vengan sin aferrarnos a ellos, permitiendo que entren y salgan de nuestra mente sin prestarles atención, ya no suponen ninguna amenaza y conseguimos relajarnos.

Aprovecha tus días de descanso para cultivar la calma interna, y verás como vuelves a la rutina con una nueva energía y mayor capacidad para afrontar con serenidad aquello que te ocurra.

Si quieres una orientación más personalizada consúltanos y te proponemos un plan que te encantará.