En los momentos actuales toda la humanidad está sometida a un cambio que quizá nunca nos hubiéramos planteado que sucedería de esta manera. Se nos ha puesto de manifiesto lo pequeños que podemos llegar a ser ante determinadas circunstancias, y lo poco que podemos hacer cuando estas se producen. Para hacer frente a los retos, la sociedad establece unas reglas con las que podemos estar más o menos de acuerdo, pero que forman parte del funcionamiento general de las sociedades y han regido todas las etapas de la vida que recordamos.

Es difícil saber qué es lo correcto, si estas normas responden a la necesidad de proteger el bienestar  general de las personas o se toman para favorecer intereses particulares.  Pero llegados a este peligroso punto y dado que las teorías al respecto pueden ser de lo más desalentadoras y kamikazes, lo único que cabe plantearse es: ¿qué sentido tiene para mí?

Es decir, dentro de las normas globales que tenemos más o menos obligación de cumplir, lo que tenemos que tener claro es que hay un margen mucho más amplio de actuación que corresponde a aquello que me marca mi consciencia. Y digo muy amplio sí, porque engloba a todo mi yo, y ahí es donde tengo poder absoluto, en mi interior, y lo puedo gestionar como yo quiero en cualquier momento. Está claro que partimos siempre de una base que es el entorno el que me encuentro inmerso/a; así pues, se trata justamente de conocer ese entorno, de ser consciente de los parámetros que actúan dentro de él y así poder tomar las decisiones que mejor se adapten a mi felicidad. Sí, FELICIDAD, porque esta es la única guía que indica si lo que estoy haciendo es lo correcto.

Para ello deberíamos ser capaces de activar los siguientes recursos que todas las personas tenemos:

– La intuición, como todas y todos sabemos a cierto nivel lo que es mejor para nosotros, solo tenemos que parar y escuchar. Nuestra voz interior siempre se manifiesta por nuestro bienestar.

– La crítica, y no me refiero a señalar todo lo que hacen los demás, sino valorar si lo que hacen los demás es bueno para mí también o, al contrario, me está generando malestar. Así podremos desactivar el piloto automático y deshacernos todo lo que no nos conviene.

– La seguridad, si a lo largo de tu vida has comprobado que algo te hace bien o mal, no dejes que nadie te diga lo contrario; ejerce la potestad que tienes para que las cosas transcurran de la mejor manera para ti.

– La información de calidad, es decir, la que tu experiencia te marca. Ni más ni menos. Acostúmbrate a comprobar lo que te digan, a ponerlo en duda y a verificarlo porque la información de los demás es suya y está influida por sus vivencias, su educación y su perspectiva. Sólo así podrás decidir qué es  lo que quieres y lo que no quieres de verdad.

El reto actual es desactivar el piloto automático y comenzar a ser más conscientes de nuestra propia vida y tomar las riendas. Nuestro bienestar integral ha dependido, depende y dependerá de ese estado de consciencia con respecto a nosotros mismos/as.

Ángela Arroyo

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