Está claro que el 2020 no empezó con buen pie: todo se puso todo patas arriba, nuestros esquemas se dieron la vuelta, y experimentamos algo que nunca creímos posible.

Hoy corren tiempos de incertidumbre, inestabilidad y miedo ¿Cómo vamos a permanecer inalterables ante la que está cayendo? Seguramente nuestras emociones están a flor de piel y podemos llegar a ser mucho más vulnerables a lo que recibimos del entorno: una crítica, un rechazo, un comentario etc. Dadas las circunstancias puede resultar tentador hacer frente a lo que nos disgusta desde el ataque, la rabia o la venganza, como una vía para canalizar nuestra sensación de impotencia o frustración. Sin embargo, estaríamos contribuyendo a generar a nuestro alrededor más tensión, conflicto y malestar. ¿A dónde nos conduciría eso? Pues al fracaso como sociedad.

Los medios de comunicación nos han dado buena muestra del lamentable espectáculo de la clase política y los órganos de poder con su estrategia de lanzamiento de cuchillos en todas direcciones. Y precisamente si de algo nos hemos dado cuenta a raíz de esta crisis  sanitaria de la covid-19 ha sido de la importancia de la cooperación y la ayuda para hacer frente al desastre. Sí, la crítica está en el aire, pero tenemos una idea equivocada de lo que representa. En lugar de rebelarnos y contraatacar, podemos usarla de una manera mucho más útil.

¿Cómo asumir las críticas que recibimos?

  • replantearnos si aún podemos mejorar algún aspecto del comportamiento o proyecto que está siendo objeto de la crítica
  • darnos cuenta de sus posibles fallos o repercusiones negativas
  • analizar realmente qué necesidad estoy cubriendo y para qué lo hago

Si conseguimos no tomarnos nada personalmente, respirar un par de veces, y entender la crítica como un elemento de aprendizaje, habremos conseguido varias cosas:

  • sacar mucho más partido a aquello que vamos a mejorar
  • disminuir el grado de malestar y tensión en el entorno
  • mejorar nuestras relaciones personales
  • generar un clima de armonía y bienestar integral

Si tras este trabajo interno seguimos sin entender la perspectiva de la persona que nos ha criticado,  entonces seguramente se trate de una crítica absurda y gratuita que no tiene utilidad ni aporta nada en absoluto. En ese caso, te invito a que leas el siguiente cuento de sabiduría ancestral…

Cerca de Tokio vivía un gran samurái, ya anciano, que ahora se dedicaba a enseñar el budismo zen a los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que aún era capaz de derrotar a cualquier adversario.

Cierta tarde, un guerrero, conocido por su total falta de escrúpulos, apareció por allí­. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación: esperaba que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una inteligencia privilegiada para captar los errores cometidos, contraatacaba con velocidad fulminante.

El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una lucha. Conociendo la reputación del samurái, estaba allí para derrotarlo y aumentar así su fama.

Todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo aceptó el desafío.

Fueron todos hasta la plaza de la ciudad, y el joven comenzó a insultar al viejo maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió a la cara, gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus antepasados. Durante horas hizo todo lo posible para provocarlo, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.

Decepcionados por el hecho de que su maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron:

  • ¿Cómo ha podido usted soportar tanta indignidad? ¿Por qué no usó su espada, aun sabiendo que podía perder la lucha, en vez de mostrarse cobarde ante todos nosotros?
  • Si alguien se acerca a ti con un regalo, y tú no lo aceptas, ¿a quién pertenece el regalo? preguntó el samurái.
  • A quien intentó entregarlo – respondió uno de los discípulos.
  • Pues lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos – dijo el maestro. – Cuando no son aceptados, continúan perteneciendo a quien los cargaba consigo.

María Arroyo

 

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