“Nos encanta pensar la vida en lugar de vivirla”.

Cuando leí esa frase del neurocientífico David del Rosario pensé que era increíblemente cierta. Somos una máquina de pensar constantemente: en lo que pasó, en lo que está pasando, por qué y qué implica, en lo que puede pasar… Y así vamos dando rienda suelta a nuestra mente para que nos lleve de un sitio a otro, explicándolo todo, pero sin saber nada a ciencia cierta.

Claro que nuestra mente está diseñada por el universo para pensar, y esto nos permite anticipar, planificar, calcular, organizar, priorizar etc., destrezas que seguramente han contribuido a evolucionar de la manera que el ser humano lo ha hecho. Pero hay muchas otras cosas para las que no sirve, y entre ellas para comprender y vivir la vida.

Para empezar, hay que tener en cuenta lo siguiente: el cuerpo a través de los órganos de los sentidos experimenta un suceso del mundo externo y le manda la información al cerebro que se encarga de asimilar y dar sentido a esa experiencia. Pero al igual que un mapa es una representación en un plano del terreno real, nuestra experiencia de la realidad no es más que un plano mental de los sucesos del mundo externo.

Un ejemplo: nuestros sentidos tienen unos umbrales de percepción del mundo que nos rodea bastante limitados. Si hablamos de la vista, solo podemos captar un 5% de todo el espectro visible, pero si hablamos del olfato, un perro tiene una capacidad 300 veces superior al ser humano para detectar olores.

Por otro lado, como los sentidos están continuamente mandando información al cerebro, este no tiene capacidad para procesar toda la información por lo que dispone de un sistema automático de selección que desecha directamente la mayoría de la información recibida, y sólo deja pasar para un análisis más detallado aquella información que considera que tiene mayor importancia para su vida. Esto supone un 5 % de la información generada por los sentidos.

Si tenemos en cuenta que el 90% de los procesos mentales son inconscientes, de ese 5% de la información que recibo del exterior mi mente consciente solo trabaja con el 10%. O sea que del mundo exterior que me rodea únicamente percibo un 0,5%, y en base a este ínfimo porcentaje yo tomo decisiones, realizo juicios de valor, genero expectativas y elaboro teorías sobre lo que me sucede. El 99,5% de información restante se queda fuera.

¿Es o no es una visión sesgada de la realidad?

Entonces, cuando mi mente lanza un pensamiento, del tipo que sea… ¿Qué porcentaje de veracidad le puedo dar?

Cuando tenemos un pensamiento solemos identificarnos totalmente con él, dándole total credibilidad y asumiéndolo como verdad absoluta. Sin embargo, los estudios de neurociencia nos hablan del pensamiento como una propuesta que la mente nos lanza en un momento determinado para interpretar una situación de vida.

El sentido que el cerebro le da a ese 0,5% de información procesa, va a depender de la comparación que este haga con otras experiencias similares almacenados en nuestra memoria, de nuestras creencias y valores, y de los objetivos o metas que nos hayamos planteado.

Como podemos ver la realidad que percibe nuestra mente tiene poco que ver con sucesos externos objetivos y mucho con el mundo interno de cada persona.

¿Podríamos entonces “poner en cuarentena” lo que pensamos? Dejar de ser esclavos/as del pensamiento y no creer en verdades absolutas. Como dice David del Rosario, el pensamiento es solo una probabilidad elaborada a partir de información escasa y sesgada (lo que pensamos hoy depende de lo que nos ha ocurrido en el pasado, y también de algún aspecto de nuestra genética).

Reflexionar sobre esto nos permite dejar pasar pensamientos que nos hacen daño, nos limitan o nos bloquean; nos abre la puerta a comprender que la percepción que tenemos sobre la vida es subjetiva; nos ayuda a enjuiciar menos y a abrirnos más a cada experiencia sin expectativas ni prejuicios.

Aprende a desconectar de tus pensamientos y experimentar la vida a cada instante como si fuera un suceso nuevo.